El intelectual criollo

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El humor es algo que ayuda a ver la vida un poco menos dramática lo que es. El juego es algo que ayuda a ponernos de buen humor, porque nos hace sentir libres.

Lo que sigue es fruto de un juego con humor que apenas llegué a compartir con un puñado de lectores, aunque a lo largo de los años me ayudó a exorcizar los miedos y reírme de las amenazas.

La idea se me ocurrió a comienzos de los años Setenta, cuando estaba dando mis primeros pasos como profesor universitario. El país estaba en plena ebullición, y la impaciencia utópica nos iba empujando a que pronto cayéramos bajo el hechizo del voluntarismo. Los movimientos del mundo político y militar eran cada vez más inquietantes, pero la vida cultural todavía resultaba fascinante para un joven que recién se estaba asomando a ella.

El juego taxonómico nació para reflejar las impresiones de alguien que se sentía un tanto ajeno a los clubes de la intelligentsia. El hecho de vivir en un ignoto rincón del conurbano ponía con una distancia social casi tan grande como la geográfica. Pero todavía había oportunidades de ser aceptado y uno hasta podía consolarse pensando que la distancia ofrece una mejor perspectiva.

En este contexto hay que situar esas primeras impresiones que publiqué en 1972, con la tolerancia de mis colegas de Criterio. En ellas se reflejaban muchas de mis caóticas lecturas de esos años y la experiencia de haber tenido que enseñar (y aprender) biología en un colegio. Alguna sonrisa deben haber provocado, pero lo más sorprendente fue que no faltó quien las incluyera en una sesuda bibliografía.

Tres años más tarde, el país ya estaba profundamente enfermo de violencia y los efectos se hacían sentir hasta en esa Universidad que yo había soñado como un remanso académico. Acababa de ver como en pocos meses los claustros pasaban de un extremismo a otro, siguiendo los vaivenes de una política espasmódica. Con cada barquinazo había visto peligrar mi modesto empleo y mi futuro se iba desdibujando.

Con todo, todavía quedaba espacio para el humor, esta vez un poco más negro. De tal modo, retomé aquella crónica, remedando ahora el título de aquella Actualización doctrinaria para la toma del poder que Perón había escrito cuando sus milicias armadas aún le eran útiles

Luego, la llegada de una dictadura mucho más cruel me obligó a interrumpir el juego. Fueron unos años grises que no se prestaban para el humor: la más sospechosa de las revistas se llamaba precisamente Hum®.

Recién se me ocurrió reanudar el juego cuando comenzó a soplar la brisa esperanzada de la restauración democrática. Esta vez, el título de mi crónica aludiría a ese Tercer Movimiento Histórico con el que los radicales ilusionaban a Alfonsín.

La década menemista volvió a ser inhóspita para quien se sentía incómodo con el pensamiento único. Si alguna vez pensé en actualizar mi taxonomía, nunca me animé a dar el primer paso, porque me hubiera costado encontrar algo más grotesco que la realidad.

Al comenzar el nuevo siglo, el país pasó por la peor de todas sus crisis económicas. En cuanto comenzamos a salir de ella, un editor me tentó para que retomara la serie y le diera forma de libro. Pero apenas el mecenas se dio cuenta de que inevitablemente tocaría la actualidad política, huyó sin atinar siquiera a disculparse. Por esa fisura ya asomaba la absurda guerra de palabras en la cual hasta hoy seguimos envueltos.

El texto actual es una reescritura y puesta a punto de aquella taxonomía y alcanza hasta las primeras décadas del siglo Veintiuno, con lo cual cubre medio siglo de historia argentina, cuyas vicisitudes vivió el autor como tantos otros.

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